Contacto físico y amor

Existe un fenómeno que veo frecuentemente el las sesiones de familia, y es que todos los miembros trabajan, “hacen” muchas cosas por amor a los demás. Las madres hacen las camas, lavan, trapean los pisos, se van a sus trabajos, cuidan de sus hijos, los padres varones trabajan también todo el día, pasan tiempo juntos. Los hijos, hacen sus tareas, cumplen con los compromisos escolares y en mayor o menor medida ayudan en las labores del hogar. Y probablemente muchas cosas más, unos hacen más que otros y lo que veo es el deseo de amar y ser amado.

Uno de los mayores problemas que encuentro en la terapia familiar es que ahí está el amor entre ellos pero no les llega, no se sienten amados, reconocidos, aceptados por más que se esmeran en hacer y cumplir con sus obligaciones. Ahí radica el error en el amor, amor al ser no al hacer o al tener, porque entonces viene la decepción junto con el dolor de “no ser suficiente”. Así tal como eres mereces ser amado, sin más ni más. Claro que el amor necesita amar y entonces desde mi amar haré cosas por mis seres queridos, pero esa ya es otra historia porque ya me siento amado, amada y no necesito ganarme el afecto de nadie, ya es mío.

Por otro lado, el contacto físico afectuoso es muy escaso, todos trabajan en sus cosas y nadie se toca o se tocan muy poco. El ser humano necesita ser tocado, acariciado, besado, abrazado, cargado en los brazos de alguien, recibir una palmadita en el hombro o una caricia en el cabello. Más que hacer los quehaceres hay que tocar el cuerpo sensible de nuestros seres queridos, nutrirlos con caricias llenas de afecto y respeto a sus cuerpos.